Crítica – “Ida”. Lo normal, la vida.

Exponente del mejor cine europeo, “Ida” es una de esas pequeñas joyas que nos sorprenden de vez en cuando si atendemos a sus planteamientos estéticos y temáticos, puesto que, a pesar de recorrer caminos ya vividos de matanzas, dictaduras y racismo (en suma, ese pasado hiriente que no termina de cerrarse), rápidamente cae el espectador en la cuenta de que Pawlikowski quiere contar mucho más. La vida, en concreto, focalizada desde el punto de vista de alguien que no ha vivido, o que ha vivido tan sólo parcialmente, de acuerdo a los encorsetados y muy pautados parámetros de la vida clerical en comunidad. Lo que pulula allá fuera, en las ciudades y los pueblos y los hoteles y los despachos. Relaciones humanas difíciles, una realidad cruda, un país muy gris. Abordarlo por medio de la “road movie” en forma de viaje de iniciación, de descubrimiento de un universo desconocido, ya era un punto de partida felizmente planteado.

Por lo demás, “Ida” sugiere belleza estética, hondura espiritual, autenticidad humana. Al final, lo de menos es la elección de Ida: toma el camino de la fe, pero ella ya ha descubierto lo que es el mundo, un lugar contradictorio, cruel y fascinante, donde conviven lo hermoso (el amor, el arte encarnado en el jazz) y lo terrible (la mezquindad, la tiranía, la delación por ambición, la barbarie totalitaria). Hay dos escenas particularmente poderosas. La primera, ese maravilloso instante en que se encuentran dos ámbitos muy alejados: Ida baja al salón y allí queda deslumbrada por los sonidos hipnóticos de los jazzistas, guarda la distancia, como si prefiriera no ser vista, pero no puede apartar la mirada, ni la mente, de esa música enigmática y sugerente, y el plano general queda fijado, englobando ese “choque” sereno de dos formas tan distintas de entender la vida: el mundo libre, exuberante y espontáneo del jazz, y el mundo recogido y austero de la religión. Por otra parte, el funeral de su tía, donde contrastan la fachada de un Estado grandilocuente con el drama interior de una muchacha sencilla. El discurso político, encendido y falso, resuena ajeno al vacío de la única persona que siente la muerte de alguien que en poco tiempo le ha enseñado mucho. Pocas veces una película expresa tanto con tan poco. A través de lugares devastados por la guerra, el racismo y la represión, Ida conoce el ámbito exterior a donde ha crecido, ese cosmos enormemente complejo que coexiste fuera de los muros del convento: los placeres de la carne, las derrotas personales, las miserias humanas. “Y después, ¿qué?”, le preguntará al saxofonista. “Nada, lo normal…la vida”, le responde éste.

Pawlikowski apuesta fuerte por una fotografía meticulosa, milimétricamente calculada y como afanosa por arrojar un poco de luminosidad en ese mundo tan oscurecido por el horror y la opresión, desarrollando en paralelo una brillante puesta en escena en la que los personajes interactúan y se mueven, esculpidos por la luz de ese blanco y negro tan plástico, pero siempre retratados desde una posición que adopta el plano fijo; es ahí cuando se desata toda una sinfonía de miradas fugaces, el tempo pausado entre frases y réplicas de los diálogos, los gestos imperceptibles que hacen que el cine cobre vida desde el interior del propio encuadre, como cuando ella retira el brazo levemente en la barandilla donde ambos se apoyan y hablan por primera vez a solas, o esos impulsos carnales reprimidos dentro del convento: las miradas tímidas pero inevitables de la monja madura, la voluptuosidad del cuerpo sugerido bajo la tela mojada cuando las novicias se bañan…

El reto de aunar dos geografías del alma tan distintas que se encuentran y que han de afrontar un pasado doloroso se ve sustentado en dos actrices estupendas: esa melancolía que desprende la mujer decadente y arrepentida, o la economía gestual de la novicia, acorde a la adustez del clero regular. Tal vez el gran triunfo de esta película sea sacar una gama tan amplia de cuestiones (engarzadas de forma unitaria) con la absoluta soltura de quien no necesita del subrayado o de esos otros recursos lacrimógenos tan recurrentes cuando se trata del exterminio judío. Y esto último se agradece sobremanera.

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“Ida” está dirigida por Pawel Pawlikowski y protagonizada por Agata Kulesza, Agata Trzebuchowska, Joanna Kulig y Dawid Ogrodnik.

Anna es una joven novicia que, en la Polonia de 1960, y a punto de tomar sus votos como monja, descubre un oscuro secreto de familia que data de la terrible época de la ocupación nazi. Junto a su tía recién encontrada, iniciarán un viaje en el que ambas se enfrentarán con las consecuencias de su pasado.

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